Según el estado demagogo y opresor, gastamos demasiada gasolina, gastamos demasiada agua, gastamos demasiada energía eléctrica, por eso la suben y para que no gastemos ...
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Quizás, para distraernos del turbio futuro económico que nos espera después del estallido de la burbuja inmobiliaria..., el estado se empeña en decirnos que gastamos de todo demasiado.
Según el estado demagogo y opresor, gastamos demasiada gasolina, gastamos demasiada agua, gastamos demasiada energía eléctrica, por eso la suben y para que no gastemos anuncian que nos van a regalar bombillas de bajo consumo y que van a promocionar los vehículos eléctricos y los híbridos..., incluso el ministro Sebastián anuncia más de treinta medidas milagrosas, mientras no puede evitar esa expresión de pasmo ante la crisis en la que estamos inmersos, destinadas a convertirnos en ciudadanos modélicos en cuanto al ahorro energético y al conservacionismo planetario.
Imagino que todas ellas nos costará nuestros euros, de momento la medida destinada a limitar la velocidad a la entrada de las ciudades tiene como único objetivo el de recaudar, eso es de dominio publico.
Y volviendo al tema de promocionar vehículos alternativos a la gasolina o al gasoleo, recuerdo una de las muchas conversaciones que he tenido con Juan, un taxista recién jubilado que suele pasar unos días de verano en Tragacete, el pueblo de su mujer Fencile, en plena serranía conquense.
Yo les suelo visitar durante unos días y me encanta tomar un cortado mientras observo el planear de los buitres o el ir y venir de la chiquillería encima de sus bicicletas, pedalean entre sus calles ajenos a todo, disfrutando del verano en un pueblo rodeado de espesos pinares, a mas de 1200 metros de altitud y regado por un joven Jucar que roza la población, refrescante y cristalino, estrecho y casi cubierto completamente por la vegetación de ribera.
Más de una vez, Vicente, que es el hijo de Juan y yo, nos hemos pasado agradables ratos contemplado esas aguas corrientes en busca de truchas autóctonas..., también las hemos pescado, bueno, realmente él, yo me limitaba a seguirle, a gozar con su increíble habilidad para lanzar la cucharilla entre juncos y ramas bajas, en vuelo rasante sobre el agua..., plop..., la cucharilla caía y en apenas tres o cuatro palmos de recorrido girando sobre si misma, era atacada por la trucha, un tirón y la puntera de la caña se combaba.
Vicente cobraba la pieza, la media y volvía a liberarla..., yo le sonreía y él también, satisfecho, aunque le hubiese gustado clavar una fario algo más grande y que diera la talla. Pescábamos cerca del pueblo, a la sombra de la ribera, en plena naturaleza...
A Juan lo conocí conduciendo un Opel Kadett berlina, con motor 1300 de gasolina, ya con años pero con un funcionamiento impecable, por eso le dolió tanto tener que deshacerse de él.
Aquella venta coincidió con la llegada del catalizador y de la obligatoria inyección de gasolina, el nuevo sistema de alimentación acabó con la posibilidad de utilizar el gas butano como propulsor..., todos recordamos a las anaranjadas bombonas en los maleteros de los taxis, el peculiar olor del escape, la ausencia de vibraciones y humos negros..., Juan se vió obligado a adquirir un vehículo a gas-oil y la sonrisa desapareció de su rostro.
Me contaba que gastaba muchísimo, comparado con su pequeño y preciso 1300 de gasolina y butano, pero no había tenido más remedio, la inyección no admitía esa posibilidad genial, sencilla y barata, de alimentar los cilindros con gasolina o butano con solo abrir o cerrar una palometa, al más puro estilo “Mad Max, salvajes de autopista”, gasolina o butano, potencia o economía según lo requería el momento.
Me comentaba que el gas apenas si le permitía pasar de cien por hora pero que para la ciudad resultaba el combustible perfecto, aparte, conservaba los motores. Hasta 750.000...¡¡¡¡, kilómetros le hizo a ese modesto 1300 de carburador y la única vez que tuvo que levantar la culata, descubrió unas válvulas y unas cámaras de combustión limpias y bruñidas como por el mejor de los orfebres.
Desde aquella conversación me he preguntado si era verdaderamente tan difícil adaptar los sistemas de inyección electrónica al uso del butano o si el problema real era su bajo coste, su simplicidad..., jamás lo sabremos, lo único que se es que Juan se jubiló con un coche polaco, fabricado con motor y licencia de Volkswagen, que rompía el alternador cada 30.000 kilómetros, que quemaba los embragues demasiado pronto, que vibraba y que jamás funcionó como aquel Kadett de gasolina y butano..., ¿eso es avanzar...?. ¿es así como el estado se encarga del medio ambiente...?, ¿o se trata simplemente de sacarnos el dinero cargándonos con culpas que no nos corresponden...?, yo creo que se simplemente los gobiernos se venden a las grandes multinacionales del petróleo y de la automoción.
Los estados agacharon la cabeza y nos vendieron los catalizadores como la panacea para acabar con la polución en las ciudades, por ejemplo.
Y fue el catalizador quien decapitó a esos carburadores que igual funcionaban con gas butano o con gasolina con plomo, si, esa gasolina llamada “sucia”, de hecho en los surtidores de la “sin plomo”, suelen estar pintados de verde, la verdad es que dan ganas de beber esa gasolina tan supuestamente ecológica y limpia, pero la realidad es bien distinta.
Estas gasolinas verdes son auténticos venenos, para suplir las propiedades antidetonantes y lubricantes del plomo se tuvieron que aditivar de manera exagerada, de hecho esos aditivos volátiles son cancerigenos y solo se destruyen cuando el catalizador alcanza entre unos 600 y 800 grados, y hasta que llega a esa temperatura son lanzados a la atmósfera, pero el caso es que la sin plomo huele bien..., gracias a esos aditivos mágicos.
También me gustaría decir que el catalizador es un filtro que utiliza el platino para filtrar químicamente los gases de escape y como todo filtro, se va obstruyendo y perdiendo capacidad catalítica con los kilómetros y si se hacen con el acelerador pegado a la alfombrilla apenas si dura unos 50.000 kilómetros, a partir de ahí deja de filtrar.
Los catalizadores son caros, entre 600 y 800 euros, según marca, merman la potencia de los motores entre un 4 y 6 por cien y aumentan el consumo en un porcentaje similar, pero desde luego a la industria minera del platino le vino muy bien su implantación y curiosamente en EEUU llevan años con los coches catalizados y sin embargo sigue siendo el país más contaminante del planeta.
El ecologismo de estado es siempre falso, demagogo y gravoso para el ciudadano.
En ningún momento nuestros politicastros piensan en el medio ambiente, solo buscan excusas mas o menos populares para perpetuarse en el poder y para colgarse medallitas en sus corruptos pechos.
Los políticos saben que el paso de Homo sapiens por el planeta será tan rápido, en tiempos geológicos, como un pestañeo, saben que a la humanidad tal como la conocemos no le quedan más de cuatro o cinco mil años de existencia, verdaderamente no somos nada, tan solo la última rama de una estirpe de hominidos bípedos que desarrolló un cerebro y un neocortex extraordinario, con una capacidad creativa y destructiva sin parangón.
Realmente somos uno de los productos de las sucesivas extinciones masivas que se han dado en La Tierra desde su aparición en el sistema solar y obviamente nosotros también seremos extinguidos por causas naturales, más allá de que gastemos más o menos gasolina.
No obstante, pese a nuestra capacidad aterradora para extinguir a otras especies, para contaminar mares y océanos, para agotar acuíferos o para renunciar a la educación de nuestros hijos, pensando que las “canguros” o las monitoras lo harán por nosotros..., también somos capaces, si lo deseamos..., de contemplar con cariño y ternura a este planeta que habitamos como inquilinos desagradecidos, antipáticos y egoístas, ególatras y déspotas.
Si dejásemos de sentirnos como el centro biológico del infinito cosmos seriamos capaces de empezar a apreciar con sencillez y humildad la belleza y la amplitud de la vida natural que nos rodea..., vuelvo a recordar esos días sueltos de verano que pasaba en Tragacete, visitando a Juan y a su familia.
Revivo el ambiente rural, serrano y auténtico de esta población, el olor de sus pinares y el del ganado que pastaba entre los prados y vuelvo a repetirlo, el planear de los buitres mientras saboreaba un cortado, a sentir el rumor de las bravas aguas del Alto Tajo cuando acompañé a Vicente en otra jornada truchera.
Recuerdo su perfil señalando hacia una ladera, repleta de pinar, que caía hacia el fondo del barranco, siempre bajo la sombra de las coniferas.
Comenzamos a bajar pisando de lado, hundiendo las zapatillas deportivas entre la pinocha descompuesta, entre el humus que cedía bajo nuestro peso, apartando algunas ramas bajas que se descolgaban hasta nuestras cabezas..., Vicente señaló con su caña un tramo de pinocha removida.
- Los ciervos han bajado por aquí estos días.
Unos minutos más tarde estábamos en lo más profundo de la garganta, ya inmersos en las aguas un joven Tajo, Vicente lanzando con maestría su cucharilla, remontando el río y lanzando, tentando a las fario, con el cuerpo tenso y los ojos destellando..., y yo tras él, sin desplegar mi caña, gozando de su habilidad y de un entorno maravilloso, apenas si veía una franja de cielo azul en medio de las picudas copas del los negrales, al otro extremo de farallones de roca grisácea, que también escalamos después de vadear una poza con el agua de la alta montaña hasta el cuello.
- ¡Hostias...!
Voceamos los dos cuando un grupo de ciervas surgió de entre la húmedo y densa espesura y atravesaron el río con cuatro brincos..., sus pezuñas y el breve chapoteo resonó en el cañón como un sonido genuino, con el sonido primigenio de la vida salvaje en estado puro..., Vicente y yo nos miramos, sonreímos mudamente y cayó la noche.
Vaya, vaya..., y ahora el estado se las quieres dar de conservacionista, aparenta preocupación por la naturaleza, por los enclaves naturales..., y yo cabeceo irónico ante esta hipocresía mezquina e insultante de quienes nos gobiernas y la verdad es que no hay que ir muy lejos, con solo observar un poco te das cuenta de esa falsedad, no se, por ejemplo, la súbita pasión que se ha despertado en este país por las carreras de motos y de coches, actividades del todo inútiles y contaminantes.
Sinceramente, me resulta triste que se utilicen a adolescentes imberbes y sin sentido del peligro y de la temeridad para que vuelen sobre las motos. Cuando les entrevistas descubres su pobreza de vocabulario, la ausencia de los estudios básicos, las maneras aún tímidas y vacilantes de unos críos idolatrados por cincuentones y cuarentones que después tratan de emularlos en las carreteras.
Lo mismo ocurre con la cansina Formula 1, yo no entiendo que merito tienen que un veinteañero este dando vueltas a un circuito obsesivamente, a toda hostia, en medio de un ruido infernal y gastando decenas y decenas de litros de gasolina.
Yo lo veo como un pasatiempo de millonarios ociosos, de niños bien que les encanta correr dentro y fuera de los circuitos, una actividad frívola que no aporta nada a una sociedad despojada de valores, de ideas nobles, a una sociedad envuelta por el viento de las nuevas tecnologías, por los avances de la telefonía móvil..., y repito, sin el más mínimo sentido, bueno si, el de distraer a una masa poblacional ansiosa de algo que les haga sentir importantes, como los títulos de Alonso, ya que no somos capaces de aumentar nuestra autoestima ni de cuestionar seriamente a quienes deciden nuestro futuro, pues eso, a jalear a motoristas y pilotos multimillonarios, a tratar de que nuestros hijos sigan sus pasos de gloria y fama.
Y eso lo pude comprobar, lo viví ante mis ojos hace unas semanas cuando dando una vuelta por los pinares cercanos al chalé de mis padres, con Norton, mi galgo, tuve que sujetarlo porque aparecieron dos descerebrados de unos cuarenta años, montados sobre motos de monte y entre ellos un infeliz niño de unos siete, pilotando otra micromoto.
Ya se que puedo resultar una persona odiosa, maleducada y pedante por criticar a los demás sin pararme a pensar, las veces que debiera, si mi conducta no es también criticable, pero esta panda de moteros me sacó de mis casillas, uno de ellos se metió en el monte y salió por detrás de los otros dos, como tratando de asustarlos.
Volvieron a cruzar ante mi y pude ver las piernas del crío, una gruesa rodilla y unos muslos flácidos, que se balanceaban con los baches, un niño ya con sobrepeso, de vacaciones y contaminando un precioso pinar.
¿No habría sido más educativo que los tres montaran sobre bicicletas de montaña...?, ¿qué sentido del sacrificio y del esfuerzo va a tener ese niño...?, obviamente ninguno, ¿Qué sentimiento de respeto va desarrollar hacia la naturaleza si su padre pasa con su moto por entre aromáticos tomillos, por entre medicinales romeros o por entre los antidepresivos y pequeños brotes de hipérico...?, ninguno, simplemente se convertirá en una obesa larva de mezquindad y estupidez, así de simple.
Sin embargo, el gobierno de mister Bean, quiere solucionar el problema del medio ambiente y del consumo energético con una veintena de medidas destinadas a saquearnos los bolsillos, básicamente.
Todo el mundo sabe que la sociedad occidental y el capitalismo se apoya en dos elementos fundamentales, el consumo ciego, compulsivo y absurdo del Homo sapiens que habita los países del primer mundo y en la incapacidad mental de ese mismo consumidor para cuestionarse su comportamiento y para juzgar la actitud de los que nos gobiernan.
Y mientras se siga consumiendo a este ritmo y con la inquietante falta de autocontrol que nos caracteriza será imposible obtener algún resultado positivo.
Otra cuestión sería si se nos comenzase a educar desde nuestra más tierna infancia, casi, casi, pues como se hacia hace unos treinta años, es decir, cuando nuestras madres no trabajaban fuera de casa y dedicaban todo su tiempo y esfuerzos en gestionar una casa y en educar a los niños que paria.
Se que esto molestará a muchísimas mujeres, pero no es un reproche, nada más alejado de mis intenciones, es una realidad.
El toque femenino, la sensibilidad, la ternura, ese atención que solían prodigar las mujeres a las plantas que tenían en los balcones..., era un auténtico ejercicio de ecologismo pionero y diría que nostálgico, el tiempo que pasaban en las cocinas preparando las comidas, aprovechando todo lo que había en la despensa, haciendo valer los recursos heredados de unas madres que sufrieron los efectos de una guerra no demasiado lejana.
Las horas incontables que dedicaban a la educación de esos “churumbeles” colgados siempre de sus faldas..., eso se ha perdido, incluso queda machista y retrogrado el recordarlo, el nombrarlo y desde luego el echarlo de menos, pero tengo claro que es una de las causas de la actual dinámica social en la que estamos inmersos.
En fin..., creo que voy a dejar de divagar, más de uno se alegrará, pero sigo diciendo que si dedicásemos más tiempo a nuestros hijos, a corregirlos, a razonar con ellos, a enseñarles que no se pueden romper las ramas de ese árbol del parque ni a dejarse la comida por mero capricho..., si no somos capaces de renunciar a nuestro tiempo de ocio durante los primeros 15 años de desarrollo de nuestra descendencia estaremos vertiendo a este planeta legiones y legiones de carne de cañón, invalidados mentalmente, sin unos principios morales y éticos en los que apoyarse para hacer valer sus derechos.
Estaremos poblando La Tierra con personas fácilmente manipulables, incapaces de criticar o censurar a los gobiernos que los harán bailar al ritmo del titeretero más infame.
El día en el que los niños y niñas aprecien la belleza de una indefensa flor en una maceta, el día en que no teman a los perros, el día que sean capaces de probar un tomate ofrecido por un agricultor calzado con alpargatas de esparto, sin escupirlo después...., el día en que cosas así ocurran con esperanzadora naturalidad, será el indicador de que algo está cambiando.
- Pedro, despierta..., que pareces un “moñas” escribiendo esas cosas.
- ¡Oh Dios, no podré pasar el verano sin Internet...!. ¿has traído la Play...?.
- ¿Pero que coño la Play si tu no has jugado a eso en toda tu vida...?.
- Ya, pero la gente es tan feliz cuando agita sus pulgares vertiginosamente...
El estado no tienen ni le conviene tener ni la mas remota idea de cómo concienciar a la población respecto al medio ambiente, respecto al autocontrol sobre el consumismo compulsivo que caracteriza al Homo sapiens occidental.

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