
No puedo imaginar la ancianidad sin calma, sin serenidad, sin comprensión, sin sabiduría...
LA SENCILLA RUTINA DE UN VERANO JUNTO A LA CALDERONA.
Apenas si circulaban coches por las calles de Valencia a eso de las ocho de la mañana, percibía un agradable frescor en mis antebrazos bronceados y cubiertos por un vello rubio y destellante..., la huella física de un verano pasado placidamente sobre la Bicipalo, sobre La Flaca, paseando con la manada por los pinares que circundan el chalé de mis padres, muy cerquita dela sierra Calderona.
Pero nos volvimos ayer sábado, mi padre me lo suplicó desde su silla de ruedas, para evitar atascos..., me explicó después y la verdad es que tras un mes entero junto a la serranía, me fue un poco raro volver a la civilización, también se me ha hecho un poco raro pedalear con La Flaca entre las calles aún dormidas a eso de las ocho de la mañana. Solo cuando he salido de Burjasot y trazando una rotonda he podido ver de nuevo a una Sierra Calderona mas lejana de lo normal, envuelta por algunas humedades marinas y con dos de sus picos cubiertos por unas nubes que parecían abrazarse a esas cumbres que durante este mes también he visitado con la Bicipalo o sobre La Flaca por asfalto. De alguna forma me ha reconfortado volver a encontrarme con ella, aunque tan solo han pasado unas horas desde que dejamos el Pla de Colom, pero es que ha sido un verano tranquilo y sosegado junto a ella.
A eso de las siete de la mañana solía despertar, me levantaba y el primero en recibirme era el pinscher miniatura de mi hermana, dormía en el sofá y surgía de entre los cojines agitando su pequeño cuerpo de 1.5 kilos de peso y con del color de un cortado largo de café, como me gustan a mi. Enseguida abría la puerta que da la terraza y sujetando al pinscher contra mi pecho desnudo, al más puro estilo Paris Hilton, entraban en tromba Nortón, mi medio galgo, Tora, la Schnauzer enana negra de mi hermana Alicia y la última en llegar, Mia, una chuchilla del mismo color bardino que Nortón y que me dieron para que mi galgo no pase en solitario el próximo invierno. Saltos, carreras, lloriqueos..., solo entonces soltaba a Cecil y ponía una cafetera de café torrefacto mientras repartía galletas entre la manada. Después saboreaba el cortado en la terraza y observaba a los perros trasteando, jugando, a Cecil perdiéndose entre las altas patas del lebrel o tratando de montar a Tora o a Mia, es curioso, puede que esta perrita tenga algo de perro de presa y creo que el pinscher lo sabe, porque cuando cierra sus caninos sobre su diminuto y frágil cuello, se queda quieto, barriguita arriba, en posición de sumisión absoluta..., entonces Mia abría sus mandíbulas y Cecil volvía a saltar sobre ella mordiendo sin miramientos..., una risa, vamos.
Yo seguía paladeando el desayuno, viéndoles jugar, percibiendo la calma y el frescor de los amaneceres aquí, a las faldas de la Calderona, a unos 170 metros de altura, no demasiados pero suficientes para hacer más llevadero el estio. A veces pensaba que cada amanecer era una forma de parto, un nuevo nacimiento de nosotros mismos..., durante la noche hemos perdido la conciencia de ser, de existir, una especie de coma en el que dejamos de ser alguien..., entonces despierto y percibo la serenidad de la mente, de un nuevo día que ya clarea sin que la bola ardiente del sol halla emergido aún desde el otro lado de La Tierra, unos minutos fascinantes, algo así como el inicio de la vida en el planeta siendo yo testigo pero con forma de ser primitivo, que segundo tras segundo se irá adaptando a ese día que marcara la intensidad lumínica, hasta que horas después, regresen las sombras, la noche, la calma, el momento del retiro, el momento de la reflexión, el momento de preguntarse si hemos aprendido algo, si hemos mejorado, si hemos evolucionado...
Y después, cuando el vaso estaba vacío y con los posos en el fondo, preparaba el café con leche para mi padre hemipléjico desde hace cinco años. Entraba en el dormitorio que compartimos y la cama mecánica zumbaba elevando su torso. Tosía, carraspeaba o abría los ojos, durante unos instantes el parpado del izquierdo se le quedaba pegado y le costaba abrirlo..., sonreía y mientras sorbía ese primer desayuno yo me vestía de ciclista, le miraba al tiempo y volvía a llenarme esa sensación de pena, de angustia y de tristeza. Yo me marchaba y el quedaba ahí..., agradeciéndome el “cafetito” y preguntándome cuando volvería.
- Hoy me toca carretera y tardaré un poco más.
Entonces le daba un beso en la frente, me despedía de la manada, soportando otra vez la mirada de Norton y daba las primeras pedaladas con La Flaca por la vía de servicio en dirección a Olocau o hacia el alto del Oronet. Siempre solo, sin haber quedado con ninguno de mis amigos y teniendo en la mente las futuras salidas por la Calderona con Fernando Galbis y sus secuaces ruteros. Solo y disfrutando de mi propio organismo y del entorno que me ha acompañado durante los casi 1200 kilómetros que he hecho entre asfalto y tierra por la sierra, durante este agosto.
Recuerdo con una sonrisa esa primera etapa hacia Alcublas, el placer de aquella rodada y la extrañeza de no cruzarme casi con ningún turismo y ni con ningún ciclista, los jadeos de los ascensos y la sonrisa de las bajadas. Recuerdo al asfalto ancho y grisáceo del puerto de Las Yacubas y la carretera estrecha y tortuosa del Alto de Chirivilla o Pico del Águila cuando se asciende desde Altura. Puedo revivir el rojo intenso del rodeno que aflora en el tramo final, después de dejar atrás la abandonada Masia de la Rodana, la soledad de estos campos de almendros, de oliveras, los viejos bancales, los caminitos de tierra que conducían a campos perdidos en la sierra..., de nuevo ese rodeno omnipresente, de nuevo la soledad, el lento ascender y el encuentro uno de aquellos días con un ciclista de montaña que subía tranquilamente, le alcancé y coronamos el puerto charlando amigablemente.
Se llamaba Antonio y usaba la bici de montaña para acercarse a los campos desperdigados que aún conservaba de su padre, pequeñas explotaciones en medio de unas colinas, de unas lomas, de unos collados olvidados, restos de unas formas de vida que lentamente habían languidecido hasta casi desaparecer.
Antonio cargaba con una mochila a la espalda y me comentó, con una calma que envidié, que podía pasarse un par de días a solas, bebiendo de los aljibes y comiendo algún que otro higo, algún que otro fruto, durmiendo en alguna paridera, en alguna ruina..., nos despedimos en el desvió hacia las Fuentes de la Alameda y del Rebollo, ya bajando hacia Gatova, hacia el hermoso cañón que desciende atravesando estas poblaciones serranas, tranquilas y serenas..., y medité trazando los virajes, me pregunté si yo sería capaz de hacer eso, de desarrollar esa capacidad de introspección, de autocontrol, si sería capaz de comer poco, de comer de manera casual, de beber de un aljibe como lo podría hacer cualquier animal de la sierra..., eran momentos de libertad íntima..., de una libertad casi egoísta, de libertad de pararme en cualquier bar, de descansar y de pedir un cortado para acompañar a mi plátano. Ese era mi almuerzo en silencio, a solas, sin compartir mesa con nadie, sin charlar con nadie, tan solo observando, tratando de aprender, de comprender algo sobre el ser humano, sobre mi mismo. Acompañando con la mirada, dejando de pedalear, contemplando a los muchos ancianos que paseaban a las afueras de Olocau, de Marines Viejo, de Gatova..., aquí llegué a cruzarme varias veces con un hombre que se movía con un andador de color violeta.
A veces lo veía caminando lentamente y otras sentado, mirándome, mirándole yo y quedando atrás, imagino que recordando su juventud o esperando a algún amigo, o contemplando los cambios del pueblo. También solia encontrarme con personas mayores que salían, apoyándose en su garrotas, de Alcublas, parecían caminar hacia la Cueva Santa..., yo les adelantaba con la bici y saludaba.
- Bon día...
Solían contestar, imagino que sorprendidos y otras veces quedaban inmóviles, me miraban y sobre mi ánimo afloraba a la imagen de mi padre invalido, me sentía extraño y seguía pedaleando..., esos ancianos parecían caminar hacia el monte abierto, hacia un entorno natural solitario, lleno de autenticidad y lleno de vivencias pasadas para ellos, los más viejos de una población aislada. Aquellas visiones me hacían pensar y me preguntaba que sentirían ellos al verme pasar, joven y sano..., envidia no, desde luego. No puedo imaginar la ancianidad sin calma, sin serenidad, sin comprensión, sin sabiduría..., eso si que me llena de miedos y temores.
Pero toda salida en bici tenia su final y cuando regresaba al chalé solía encontrarme a mis padres viendo los capítulos de reposición de “Manos a la obra”. Madre reía sin dejar de mover nerviosamente sus pulgares y padre cabeceaba desde su silla de ruedas intentando hacer de vientre, yo me salía a la terraza a estirar un poco y toda la manada me observaba nerviosa, esperando el paseo.
- Ahora no, después, a la tarde -les decía en el idioma de los humanos.
Y las primeras horas dela tarde discurrían tranquilas, encalmadas, a veces charlaba con Miriam mientras pasaba la fregona por la cocina, entre cortado y cortado..., y otras observaba las generosas e inteligentes siestas de la manada. Norton dormitaba barriga arriba completamente entregado al sueño vespertino.

La hora del paseo llegaba después de acostar a mi padre y en los últimos días de agosto también llegaban las sombras y las nubes marinas empujadas por el viento de levante. Entonces, Nortón, Tora y Mía se abalanzaban contra la puerta y yo les daba suelta, salía del recinto geriátrico con el calzoncillo y las sandalias como toda ropa (entre mis hermanas y yo llamamos así al chalé) y nos encaminábamos hacia los pinares cercanos, subíamos por una pista hacia una balsa de riego enorme y yo sentía el viento ya algo fresco sobre mi cuerpo casi desnudo, veía como el pinar se ensombrecía, como Nortón corría tras algún conejo que pronto le daba esquinazo y como Tora Y Mia trataban de seguir al lebrel con sus cortas patitas. Desde la balsa podía ver gran parte de la Calderona, poco a poco sumiéndose en la noche, perdiendo el azulado del día, perdiendo el naranja encendido del ocaso y volviéndose tan oscura como las coniferas que nos rodeaban.
Aquella sensación también me gustaba, contemplar el bosque impenetrable, escuchar las correrías de los perros, percibir el silencio y empezar a distinguir los puntos de luz en las poblaciones cercanas, en medio de una naturaleza sin claridad artificial. Recordaba los comentarios de Antonio, la naturalidad con que él decía que podía pasar las noches al raso en esa serranía que poco a poco se fundía con el cielo..., rodeábamos una zona de acampada abandonada y saqueada por vándalos anónimos y observaba los destrozos a través de lamilla metálica, sentía cierta tristeza ante los bancos de madera rotos, ante las mesas amontonadas entre risotadas y gritos que ya no se percibían...., las deplorables huellas de personas sin principios, descerebradas, abandonadas destinos inciertos.
Regresábamos al chalé y una de esos anocheceres, Nortón se metió en la negra espesura como un torpedo, Mia y Tora me miraron pero no se atrevieron a seguir al galgo, seguí caminando junto a ellos y aún pude verle salir y entrar un par de veces más de entre el pinar. A punto de llegar al chalé le llamé un par de veces y apareció cansado, jadeante y silencioso, cabizbajo y sumiso tras mis pasos. Unos minutos más tarde, ya en la terraza, descubrí que sangraba de una pata trasera, se tumbó en su cama y miró sin ver, se quedó quieto, sin atender a mis susurros, a mis preguntas en el lenguaje humano, a mis caricias..., a la mañana siguiente pude comprobar que tenia una de las almohadillas rajadas y durante los días siguientes andó manchando todo con su sanguinolenta huella, finalmente se cerró y mis hermanas dejaron de quejarse, ante mis encogimientos de hombros y ante la pasividad de Nortón, delgado y esbelto, seco y huesudo como un Rocinante marrón y negro..., dicen que él y yo somos iguales, unos pasotas.
Y el ultimo sábado de agosto nos marchamos, Nortón sabia lo que pasaba, pese que a las ocho de la mañana saqué a la manda a correr, ese día no hice bici y Norton, Mia y Tora, me siguieron entusiasmados durante media hora de carrera a pié, pero nada más regresar al chalé, mi lebrel me miró de nuevo con esa expresión especial, me mira fijamente y después aparta sus ojos marrones, se deja caer lentamente, con las patas delanteras extendidas y las traseras plegadas, con el pecho rozando el suelo y las orejas enhiestas, como un perro faraónico que observa el horizonte de dunas, ondulado y cambiante con los vientos, como un galgo del desierto, como los fieles acompañantes de los Tuareg. El y Mia nos vieron marchar, la perrita realmente confundida, Tora escondida en el coche de mi hermana Alicia y Cecil entre los brazos de mi madre. Llegamos todos a Valencia, como fuera de lugar, las vistas de los pinos y de la Calderona acaban de desaparecer con una simple media hora de coche, ya no podía deambular casi desnudo ni ducharme “en bolas” en la ducha de la piscina, tampoco iba a volver a sentir brisa nocturna provocando escalofríos sobre mí piel.
Cecil se derrumbó en su cama encerrado en el comedor de mi piso y yo sentí que me alejaba de alguien súbitamente, algo parecido percibí en uno de estos últimos días, mi otro yo me susurró al oído que llegaría un día en el que podría ir al chalé sin preocuparme de tener que volver junto a mi padre, tampoco junto a mi madre..., que llegaría un día en el que los genes que me crearon desaparecerían para siempre..., y ahora escribo estas líneas aterrorizado, me da miedo regresar al trabajo siendo el mismo que cerró la carpintería el ultimo día de julio, tampoco concibo los veranos como meros paréntesis en los que nos dedicamos a holgazanear sin sentido ni beneficio..., creo que deben haber otras formas de vivir la vida, de sentirla, creo que hay un camino junto a nosotros que nos puede conducir a otra visión, a otra percepción..., solo que la rutina del trabajo, solo que la presión laboral termina por reconducirnos a los que somos, gente normal que vivimos envueltos en una dinámica social que nos impide saber quienes somos, que nos impide descubrir que hay al otro lado del Matrix, de la pantalla de plasma, de las vallas publicitarias...

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