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¿QUÉ COMEMOS REALMENTE...?

 almendras de Olocau

Hace un par de días me encontré verdaderamente desolado, también estafado y de alguna forma acorralado..., acaba de comprar un bote de bebida isotónica de la firma Isostar.

Llevo años consumiendo este tipo de preparado a base de minerales y maltodextrinas para obtener energía durante las etapas de ciclismo de montaña por la Sierra Calderona o cuando hago etapas largas de carretera en los meses calurosos..., pero esta vez se me ocurrió leer con detenimiento su formulación y descubrí con rabia que uno de sus ingredientes era el aceite de soja hidrogenado.

Si ya de por si el aceite de soja no es el más recomendado para su uso alimenticio me encontré que encima estaba hidrogenado, es decir, modificada su estructura celular a base de inyectarle hidrogeno, una practica prohibida en algunos países europeos y que según algunos estudios acelera los depósitos de grasas en las arterias a parte de infringir daños en las membranas celulares de nuestro organismo.

Pero mi desolación no terminaba ahí, también había comprado una caja de Hespercorbin, un preparado a base de sulfato de glucosalina, una sustancia sintética que se utiliza para tratar las dolencias provocadas por la artritis y como prevención ante la degeneración del cartílago.

Es algo que los ciclistas tomamos de forma regular para prevenirle desgaste prematuro de nuestras articulaciones..., también se me ocurrió leer su composición y volví a descubrir, ya de nuevo abatido, que el aspartamo estaba incluido en su formulación.

El aspartamo es un edulcorante artificial al que numerosos estudios asocian a dolores de cabeza y a procesos neurodegenerativos precoces, algunos llegan a definirlo como un auténtico veneno, que sorprendentemente esta presente en casi todos los productos “Light” del mercado, incluso en esas mermeladas bajas en calorías, de marcas de prestigio como Hero y en muchísimas otras.

Llegado a estas alturas ya me abruma la confusión y me quedo con los dos recipientes en la mano, cabeceando y preguntándome si comer se ha vuelto algo tan complicado y peligroso, si son ciertas las denuncias sobre los aceites y grasas hidrogenadas, llevo taponando mis arterias desde hace seis u ocho años, que es el tiempo que llevo consumiendo bebida isotónica de la firma Isostar y si son ciertas las acusaciones contra el aspartamo pues llevo la misma cantidad de años dañando a mis neuronas de manera irreversible..., y me pregunto, si esos estudios son falsos, ¿por qué las multinacionales del sector de la alimentación no los demandan y los aplastan con sus legiones de abogados como a viles cucarachas mentirosas...?, ¿por qué callan y nos siguen envenenando mudamente, en silencio, mirando hacia otro lado y convirtiendo un inofensivo bollo de pan de leche en un auténtico cartucho de dinamita...?, comento lo del bollo, porque dentro de mi nueva afición de lector compulsivo de formulas industriales, observo que esos panecillos, ideales para dar de merendar a nuestros pequeños, tienen en su esponjoso tacto más de ocho párrafos de compuestos químicos.

Últimamente recorro las estanterías de los supermercados como un demente armado con una lupa, la verdad es que ya me cuesta leer esa micro letra que utilizan los fabricantes para hacer nos desistir de su lectura, yo tengo 42 años, imagínense a una mujer de setenta u ochenta o a una madre que tira del carro y de tres pequeñajos que andan cometiendo travesuras por el supermercado.

Esta moderna madre terminará comprando algo de fruta, bebidas azucaradas, una batería interminable de platos precocinados industrialmente, leche reconstituida..., de hecho la leche, cuando llega a las centrales es descompuesta en sueros, grasas, proteínas..., que son destinadas a otros usos industriales alimenticios, los restos se revuelven y se convierten de nuevo, por arte de magia en la leche que bebemos.

Esto me lo comentaba un amigo que lleva los últimos diez años trabajando en el sector de la alimentación.

Hoy es ejecutivo, fabrica zumos y gazpacho, y aunque es un buen amigo se que le pondría en un aprieto si le preguntase de que coño están hechos esos zumos y esos gazpachos, o si le preguntase si él los consume en su casa y si se los da a sus dos retoños para desayunar...

Es curioso como la opinión pública desoye y niega, ignora y sotierra a estas denuncias sobre la perversa forma en que la industria alimentaría, de la mano de los imperios farmacéuticos..., van corrompiendo y pulverizando los hábitos alimenticios que desde hace unos 60.000 años conformaron nuestro actual aparato digestivo.

Yo he definido a aquellos hábitos como la Dieta Primigenia, basada principalmente en las mismas fuentes de alimentación que sustentaron a los primitivos clanes de cazadores-recolectores que fueron poblando el planeta ya con la actual apariencia física.

Nuestro sistema digestivo fue cambiando a medida que la evolución y la Selección Natural iba dividiendo las ramas genéticas de los primates y a medida que la alimentación variaba, desde una dieta estrictamente vegetariana a una mixta, de hecho nuestro estomago se iba reduciendo de volumen a medida que incorporábamos la carne a nuestra alimentación, el aporte nutritivo era superior y a un coste digestivo menor, por tanto ya no eran necesarias esas enormes panzas, propias de los herbívoros y de los gorilas, por ejemplo, para llenar de brotes, de hojas, de semillas y de tallos.

A mi me gusta observar el aspecto que tiene un depredador como un león o un guepardo y compararlo con el de un ñu o un búfalo.

Los felinos tienen un aspecto casi famélico mientras que esos comedores de pasto lucen enormes barrigas y saludables lomos.

Nuestro organismo se adaptó y desarrolló durante millones de años a un tipo de alimento natural, sin guisar y obviamente sin procesar industrialmente, sin aditivos químicos artificiales, sin conservantes, sin acidulantes, sin gasas hidrogenadas, sin edulcorantes venenosos, sin pesticidas ni abonos surgidos de las plantas químicas, sin gelificantes, sin espesantes, sin correctores de acidez, sin antioxidantes, sin colorantes..., entonces..., ¿qué hace nuestro organismo con todas estas sustancias que no se hallaban en aquella Dieta Primigenia en la que evolucionó...?, nada, alguna consigue eliminarlas y la gran mayoría quedan por ahí dañando nuestros tejidos, alterando los procesos metabólicos, acumulándose en forma de grasas en nuestras caderas, en nuestras barrigas, en nuestros glúteos y en nuestras arterias, incluso en nuestras células.

Pero todo este proceso de intoxicación es lento y casi asintomático, y digo casi porque en la sociedad occidental se está dando un curioso fenómeno.

Se están observando patologías propias de ancianos en la población de entre treinta y cuarenta años. Infartos de miocardio, infartos cerebrales, diabetes, obesidad precoz y acumulo de colesterol elevado en niños..., un cuadro clínico al que nadie presta importancia, en parte porque la industria farmacéutica tiene solución para todo.

¿Cuantas veces no hemos oído eso de que “esa pastilla ya es para toda la vida...”?, cuando el paciente tiene ochenta años no es preocupante, ¿pero que ocurre cuando se lo dicen a otro amigo, de la misma generación que el de los zumos, que tiene cuarenta años...?, no sería más fácil solucionar estos problemas en vez de mantenerlos así, en esta especie de perversa e indefinida “cuarentena”.

De alguna forma valdría esa frase, “Tu envenena lentamente que yo los mantendré vivos...” y de esta forma todo parece normal, la gente asume esa medicación hasta la muerte como un grandísimo avance en salud, sonríen satisfechos porque dicen que pueden seguir haciendo vida normal, salvo por los chequeos rutinarios obviamente y hacer vida normal quiere decir seguir comiendo mal, seguir comiendo mierda con aspecto de comida saludable y sabrosa..., tampoco vale lo de aumentar la ingesta de frutas y verduras,  estos cultivos estas impregnados de abonos y de plaguicidas, carecen de minerales y nutrientes porque la tierra en los que han crecido de manera acelerada artificialmente, esta saturada y fatigada, desnutrida y realmente contaminada.

Sinceramente... ¿una lechuga sabe a algo o lo que importa es el aspecto impecable de sus hojas tan verdes y brillantes...?. ¿Y que ocurre con la ingesta tan recomendada de pescado...?, pues entre otras cosas que lubinas y doradas están alimentadas con piensos, saturadas con antibióticos y viviendo hacinadas en esas redes flotantes.

No nadan libres, no se ejercitan ni se alimentan de manera adecuada, todas sobreviven de la mano del hombre, no hay una selección natural que elimine a los individuos menos preparados..., y de la carne que ingerimos casi mejor no hablar, desde luego las medidas higiénicas para evitar intoxicaciones son estrictas, de hecho una de las máximas de la industria alimentaría es esa, evitar a toda costa un problema de intoxicación escandalosa que saltase a luz pública.

Volvemos a la frase anterior, a envenenar lentamente, a intoxicar poco a poco, a convertirnos en adictos sobrealimentados..., pero ..., ¿quién no puede terminar sobrealimentado o vendido al consumo masivo de azucares y  sales al mismo tiempo..., ante semejante oferta de comida en las estanterías de los supermercados...?, es muy difícil, pero aún así he dejado un bote de piña en conserva y lo he cambiado por una piña de verdad, tiene unas propiedades antiinflamatorias notables y supongo que a mis rodillas le ira bien.

- Pero tienes que pelarla y eso supone tiempo y saber hacerlo... -bromeó mi hermana Mónica.

Me hizo dudar..., pero he descubierto que con un cuchillo dentado la corto bien y después pelo las rodajas, es cuestión de paciencia y de disfrutar procesando un alimento, un sencillo homenaje a esos homos primigenios que eran capaces de despiezar un bóvido de 500 kilos con cuchillos de silex, si coño, si, con cuchillos de piedra.

Aquellos cromañones y neardentales se pasaban varias horas descuartizando al cuadrúpedo, separando las vísceras, tendones, huesos, piel, la carne..., aunque realmente, este tipo de piezas no se cobraban a diario, eran matanzas excepcionales, aunque a medida que estos grupos iban creciendo en población, organizándose mejor y desarrollando nuevas armas, comos los arcos o los lanzavenablos..., lograban cazar con mayor eficacia y en mayor cantidad.

De hecho, los hallazgos arqueológicos han demostrado que ahí donde acampaba un gran clan o donde se asentada una población cromañón desaparecía por completo la megafauna de la zona.

Con ellos llegaba la extinción de las especies animales que hasta esos momentos pastaban ajenos a cualquier otro predador que no fueran los lobos, linces, pumas, osos..., es curioso, ni siquiera entonces se practicaba esa sostenibilidad tan de moda últimamente, por lo menos en los asentamientos de población elevada, sin embargo las tribus nómadas de cazadores-recolectores trataban a la naturaleza y a los recursos de otra forma, desde luego más sostenible porque nunca llegaban a agotar la caza.

Y recuerdo la explicación que nos daba a Pilar y a mi el guía que nos explicaba el significado de las hermosas pinturas rupestres que decoran algunos de los abrigos del barranco de la Valltorta.

En uno de ellos se representaba la cacería de una manada de ciervos, justo en aquel mismo lugar, en el fondo del tortuoso tajo abierto en las tierras del Maestrazgo.

Escuchando las palabras de aquel cincuentón tostado por el sol, pude imaginar el agua discurriendo por el río, a los arqueros esperando agazapados tras las matas y a la manada llegando para abrevar..., ciervas, machos astados y cervatillos de pelaje moteado.

Después la lluvia de flechas con puntas de silex o de pedernal, las lanzas volando, cimbreando en el aire con sus mortíferas hojas talladas golpe a golpe, hábilmente, con destreza y paciencia, con conocimiento, con maestría, desarrollando una tecnología que nació en la cuna africana hace unos 2.5 millones de años de la mano de los primeros ancestros, de los Homo habilis..., y poco a poco regresaba la calma, se oían los lamentos de algún cazador arrollado por alguno de los herbívoros en su desbandada, los mugidos de algunos de ellos con los cuerpos abatidos y atravesados por lanzas y flechas.

El agua del riachuelo bajando manchada con un color rojo intenso que río abajo excitaría a los lobos y a los osos que habitaban con ellos en las serranías, ya cercanas al mediterráneo, hace unos 6000 o 5000 años..., y mis manos permanecen posadas sobre el carro de Mercadona, parado en medio de unas estanterías a rebosar de cincuenta variantes de un mismo producto de limpieza de cuartos de baños, en medio de una estantería con cincuenta variantes de bollería industrial, en medio de los escaparates refrigerados donde se exponen despiezados conejos y pollos, terneras y cerdos..., unas manos que empujan el carro pero que no saben despellejar a uno de esos conejos embolsados, con su sangre empaquetadita pulcramente en una bolsita de plástico..., vuelvo a recordar a mis tías de Vinalesa, cuando subían aquí, al chale de mis padres, a los pies de la Calderona, pero como ya he contado otras veces, entonces yo no sabia que las montañas azules eran la Sierra Calderona.

Ellas, las mismas que decían que quemara las hileras de procesionarias, hacían la paella los domingos y a veces traían el conejo vivo del pueblo, lo mataban degollándolo con habilidad, soportando en sus manos arremangadas los tirones y estertores del animalillo, charlando en valenciano y escurriendo la sangre en un plato.

Fuera de aquella caseta de techo plano, mi abuelo se movía silencioso entre las barracas de caña, montadas para atar las tomateras.

Recuerdo las florecillas amarillas, el olor de aquellas plantas y el agua discurriendo entre los “caballones”, a veces se cubrían con una especie de crema y otras arrastraban restos de abono oscuro que olía fatal y que siempre estaba caliente.

También recuerdo las carnosas calabazas, sus plantas de amplias hojas, reptantes, rastreras.

Aún veo los calabacines colgando de la malla metálica o las trepadoras de las que después surgían unas vainas repletas de “garrafones” que terminaban en la misma paella, junto a los pimientos que también plantaba mi abuelo en otra parcelita.

Aquel era un fruto curioso, tan carnoso por fuera y hueco por dentro..., era la época en la que me entretenía con los escorpiones y con las escolopendras, en las noches de fin de semana  esperando el canto de los mohuelos, de las aves nocturnas que alguna vez llegué a ver en las noches de luna, fue mi infancia..., y entonces, cuando pienso en ella, no se, me da por medio lloriquear, me da por cuestionarme mi propio comportamiento y el sentido de estos escritos, el porque de andar siempre protestando, señalando males ajenos o cuestiones que yo considero injustas, aunque el resto de la población y de mis amigos las vean como normales.

Realmente no soy quien para decir a nadie como debe conducir su vida, que debe comer o que debe hacer cuando empuje el carro entre los pasillos de cualquier centro comercial abarrotado de alimentos y de caprichos de laboratorio.

Que más da que las patatas fritas con sabor a jamón serrano no tengan nada de jamón serrano o que las que saben a barbacoa tampoco tengan nada de barbacoa, no importa que todo sean saborizantes artificiales creados en probetas..., al fin y al cabo si se venden es porque no matan a nadie, por lo menos de tirón.

Supongo que tampoco me debería preocupar que esas palomitas de maíz que las madres modernas o los padres “cocinillas”, cuecen en el microondas de manera inocente, para entretener a sus retoños, están preparadas con aceites hidrogenados o que una firma de prestigio como Cuétara también utilice esos derivados hidrogenados para las galletas que destina al publico infantil..., si, si, porque los niños ya son considerados como un mercado importante en la alimentación, son ideales para adaptar sus organismos al uso de productos químicos sin los cuales ya no podrán comer de mayores..., bueno, no se, he dicho que voy a pasar de estos asuntos, que el Ministerio de Sanidad al fin y al cabo autoriza y aplaude estas practicas, pero me gustaría comentar de manera sencilla en que coño consiste eso de hidrogenar las grasas y los aceites vegetales.

Pues por un proceso químico se añade hidrogeno a las estructuras moleculares de los aceites y grasas, con eso se consigue que a temperatura ambiente presenten un aspecto de sólido.

Estos compuestos de laboratorio, añadidos a los alimentos proporcionan una esponjosa consistencia, les aporta durabilidad y un sabor denso y adictivo..., es la panacea de la industria alimentaría..., pero bueno, sigo prefiriendo volver a mi infancia, a esa ignorancia de niño que nos permitía vivir en nuestras fantasías.

Si, perdido por aquellos pinares era feliz, también cuando venían mis primos con ese acento de pueblo tan marcado, ellos tenían más puntería que yo tirando el rifle de perdigones y no les importaba desnucar a los gorriones para evitarles el sufrimiento.

Pero esas cacerías eran las menos, a mi me gustaba ir a solas, observar a los animales o a otros niños que jugaban en pandilla..., puede que por eso también pedalee a solas por la Calderona treinta años después y puede que por recordar aquella inocencia me esté planteando dejar de hablar en voz alta, puede que sea el momento de volverme hacia mi mismo y de preguntarme si yo tengo algún derecho a meterme con alguien, a cuestionar las tendencias que marca la actual sociedad sapiens, a criticar lo que recomiendan desde Canal Nou o desde cualquier cadena de televisión, desde la prensa escrita o desde la misma red.

Puede que todo sea un Matrix, como decía mi amigo Carlos mientras tomábamos un café en Olocau.

Mi padre tose desde su dormitorio, eso si es real y es una forma de decirme que le levante ya, son casi las seis de la tarde y a él le chiflan las películas de vaqueros que largan por la valenciana, a mí, si son buenas, también, sobre todo cuando narran las vidas de aquellos ganaderos, de los colonos o de los primeros exploradores..., sonrío recordando algunos de esos films que me marcaron.

“Las aventuras de Jeremías Jhonson” es una de ellas, recuerdo esos ambientes fríos y brumosos de las Montañas Rocosas, la soledad, el silencio durante los largos inviernos, la lucha de Jeremías contra los indios.

Pero lo que Pollack no cuenta es que el auténtico Jeremías se comía los sesos de sus enemigos una vez muertos.

También he revisionado junto a mi padre “Tom Horn”, otro western de los que me hacen llorar, sobretodo cuando los amuletos indios de Tom Horn caen desde sus manos inertes, sin vida, después de que la soga le parte la nuca..., o cuando escapa de la cárcel y corre en pijama hacia las montañas, hacia los espacios abiertos, de manera inocente y dramática..., también fue un caso real..., y no podría terminar esta reseña sin nombrar a un clásico moderno que me dejó boquiabierto cuando la vi de reestreno en el cine Capitol.

“Grupo Salvaje” de Sam Peckinpac, me dejó aturdido y conmovido.

Nunca antes había visto filmar la violencia de aquella manera casi poética, con aquella estética, con ese uso magistral de la cámara de alta velocidad, con esos planos de los impactos, aquella sangre pulverizada surgiendo de los cuerpos alcanzados..., y como no, la secuencia final en el fortín mejicano..., también lloré, algo que no me ocurre con el actual cine policiaco en el que los tiros y las explosiones se sirven como canapés.

Bueno, voy a confesar que hace más de cinco años que no voy al cine y ni alquilo películas, prefiero recordar las que vi hace una década.

Ah, se me olvidaba, también vi, junto a padre y madre, “El hombre que susurraba a los caballos”, no la había visto y de nuevo esos espacios abiertos y solitarios volvieron a conmoverme..., espacios que yo encuentro aquí en la sierra, no son los mismos que los de Montana, desde luego, pero son parajes naturales que también me provocan escalofríos y sensaciones agradables, placenteras, que me sosiegan, que me permiten acercarme tímidamente a la Madre..., quizás para preguntarle quien soy y porque me abandonó.

Las cigarras zumban aquí, cerca de la Calderona, esta mañana ya he salido y la he visto y sentido bien, solitaria pero algo más fresca, con algunas nubes bajas retozando sobre el Monte Armenia, ya he bebido de sus fuentes no aptas para el consumo humano y he regresado al chalé de mis padres..., y creo que es esto lo que debo hacer realmente, dar la espalda a esas cuestiones que me hacen teclear como un poseso convencido de que estoy en posesión de la verdad divina y volverme hacia mis padres, ya ancianos y dependientes, a no dejar de pedalear por la Calderona cuando pueda, a derivar hacia algún lugar sin levantar polvo, sin romper ninguna ramita, a preguntarme quien soy realmente y a dejar que la gente, que mis vecinos, amigos y conocidos hagan lo que quieran..., mientras sean felices.

 

una soledad en la ciudad

 

  

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