
Ellas siempre están ahí, las cimas de la Sierra Calderona, en verano, en otoño, en invierno, en primavera..., pero ahora, con la estación fría llegando empujada por frentes polares, amanece fría y nítida, por lo menos hoy sábado, que no hay nubes, que no llueve.
Ahora, en invierno, ya no subo a mis padres al chalé en Los Pinares, los sábados madrugo, me subo a la ranchera y conduzco hacia allí, tengo unas pocas horas para pedalear por la sierra y para sacar a dar una vuelta a Nortón y a Mia, después otra vez de vuelta a Valencia a quedarme con ellos durante el resto del fin de semana.
Unos minutos después llego al chalet y como siempre, mis perros me reciben entre lloriqueos y saltos, entre ladridos y lametones. Les preparo una buena ración de pienso y carne y mientras se entretienen comiendo, me desnudo y voy vistiéndome con mis ropas tribales..., si, este año he decidido decorar la ropa de ciclista a mi gusto, en línea con la Bicipalo, con la Primigenia.
He dibujado sobre la tela huellas de perros, salamandras subiéndome por las piernas, trazos negros y rojos ondulados, en paralelo y sobre la espalda he tratado de imitar las franjas oscuras y marrones que recorren el estrecho lomo de mi galgo Norton..., pero debo de haberme dejado la puerta abierta porque los chuchos entran en tromba en la habitación..., se que he contado esto otras veces, pero me encanta ver como saltan sobre la cama y como el lebrel se tumba sobre mi cojin y me mira desde su hocico largo y negro..., si nos viera mi madre, menuda bronca me echaría y mas de un escobazo se llevarían.
Consigo terminar de vestirme y cuando salgo a la terraza me recorre un escalofrio y el vaho se condensa ante mi rostro, hace frío y el sol aún no ha salido, la claridad del amanecer desplaza a las sombras de la noche pero no la helada nocturna. Miro a Nortón, tan delgado, tan estrecho y a Mia, pequeñaja y del mismo color marrón y me miro a mi mismo cubierto con el pantalón largo, con los manguitos en los antebrazos, con la camiseta interior térmica, con el maillot decorado, con los guantes, con el pasamontañas..., y sin embargo ellos, ahí están, con su pelaje, con sus reservas de grasa y habiendo pasado la noche bajo el porche de la terraza, en sus camas, pero sin mantas, sin calefacción...,
Venga, ahora dentro de un rato vuelvo.
Pedaleo sintiendo el ambiente gélido atravesando mi ropa, pedaleo con la luminiscencia de esos primeros minutos que preceden al amanecer, pedaleo a solas por la vía de servicio, con la serranía a mi derecha y recuerdo las salidas que hemos hecho en otoño mis amigos de carretera y yo.
Como siempre, han dejado por un mes las bicis de carretera y han estado haciendo montaña conmigo..., y este otoño ha sido distinto, después de cinco años siendo casi el farolillo rojo, siendo casi el objetivo de algunos chistes y siempre rodeado por bicicletas de más de 4000 euros..., por fin, la Bicipalo y yo, hemos volado por encima de todos ellos.
Mis mamuts lanudos, mis ciervas, mis bisontes, la generosa Venus de Laussel y mi organismo, todos en una especie de manada..., hemos sido los primeros en coronar los repechos de la Calderona, hemos dejado atrás a esos que siempre iban por delante, a esos que a veces se burlaban de mi bicicleta..., me he sentido pleno, dichoso y sorprendido...,y a gusto y agradecido cuando Toni, me decía sonriendo.
Pedro..., ya eres casi una leyenda de la Calderona, con esa bicicleta y con esas ropas...
Si, pero que traten de seguirle y verás..., como estas este año, cabrón
-me confesaba Abilio, otro amigo que pasa de los cincuenta pero que pedalea infatigable y tenaz, algo renegón pero honesto.
Abilio también me solía “fundir” con facilidad, pero este otoño no ...
Pero mis amigos ya han dejado la montaña, han vuelto a la carretera y yo sigo dando pedales por la Calderona invernal, solo, sin manada, pero disfrutando sin prisas, de manera sosegada y disfrazado de galgo, de cromañón o de neardental, durante los días de las borrascas, cuando la Calderona amanece empapada, envuelta por las brumas, húmeda y gris..., sin un rescoldo de sol hacia el que pedalear.
Esa lluvia nos sorprendió la semana que pretendíamos ir a Alcublas por pista forestal, al final nos desviamos hacia Olocau y nos guarecimos a la entrada del pueblo.
Llovía y yo miraba hacia el cielo, por encima del Maimó o hacia el Puntal del Llop.
Observaba las nubes, veía como se desprendían las gotas y caían sobre el asfalto, sobre nosotros mismos.
¿Qué hacemos, Patapalo...?, ¿va a llover más o que...? -me preguntó Toni entre risas.
Este año me han puesto de mote Patapalo, imagino que por aquello de la Bicipalo.
Volví a mirar hacia el cielo encapotado, miré hacia Alcublas, por encima del Puntal..., y después hacia el mar, por encima del Maimó, parecía despejar. Me sentí algo agobiado, “Los Osos”, como ha si bautizó Mónica, otra amiga ciclista de montaña, a mis colegas otoñales..., ellos confiaban en mi, en mis pintas asilvestradas para que fuese capaz de hacer un pronóstico sobre la lluvia..., y señalé con el hocico hacia Olocau.
Parece que despejará..., pero mejor subir a la Hoya si queréis y la semana que viene ya intentaremos Alcublas.
Va que nos mojamos... -voceó Abilio y comenzamos a pedalear hacia Olocau.
Entramos en el pueblo, aún bajo la lluvia, fina pero inquietante y me topé con mi amigo Carlos bajando de su Panda 4x4 y encaminándose hacia el bar de Esther.
¡Carlos...!
¡Hombre, Pedro...¡
Paré y nos dimos un apretón de manos, apenas si pudimos hablar más y me despedí.
Pedaleé por el centro del pueblo y a la salida giré a derechas, hacia la Font del Frare, hacia la pista forestal que conduce hasta del despoblado morisco de la Hoya y hacia Tristan y la Mina, pero ya por la senda que nace a la derecha de un aljibe.
Tardé un poco en alcanzar al grupo, les adelanté y fuimos remontando con el plato pequeño, ya sin lluvia y pedaleando por el fondo del valle que se aleja del pueblo entre pinares, entre ribazos de pierda enmohecida, inmóvil y muda, entre muros secos que han sido testigos del trasiego de los pobladores de Olocau y de los que bajaban desde Tristan..., del ir y venir por una serranía en la que el tiempo no tenía valor y en la que las distancias se cubrían a pié o sobre caballerías de paso manso y tranquilo.
Vamos remontando por encima de los restos abandonados de una mina de cobre y dejando a los lados de la pista, curiosas oquedades abiertas en las laderas..., eran pequeños yacimientos mineros de donde se proveían del yeso que después debían de cocer..., entre jadeos y contemplando los bancales que van quedando por debajo de la pista, campos de olivos bien cuidados, labrados y mimados, otros de algarrobos y algunos abandonados y colonizados por el pinar...
Recuerdo esas salidas, pero hoy pedaleo solo, embozado con el pasamontañas y cubriendo mis manos con los guantes largos. Doy pedales remontando por la pista abierta en la explotación de la Masia de la Torre, hacia Porta Coeli..., y escucho las voces de los inmigrantes que recolectan la naranja, percibo el aroma del algún fuego prendido para calentar el desayuno, imagino o para calentarse un poco antes de comenzar la jornada en campo abierto.
Dejo atrás los cercados de malla metálica y voy ascendiendo sin ver el sol, su luminosidad ya se levanta sobre el cielo que hasta hace unos minutos era de color azul oscuro, después algo más claro..., ya voy entrando en calor pero la pantalla del ciclocomputador marca tan solo 2 grados encima de cero, el año pasado lo vi a -3 y hace unos cuantos vi algunas de las cimas de la serranía cubiertas de nieve.
Recuerdo aquella madrugada, de hace unos 30 años, por entonces mi hermana pequeña y yo nos acomodamos en los asientos traseros del SEAT 124 de mis padres, todos los viernes por la tarde.
Por entonces aún no estaba construida la autovia de Ademuz y atravesábamos Burjasot y Godella entre semáforos y semáforos hasta salir a la carretera de Bétera. Llegábamos después al primer chalet que hicieron, todo a oscuras y por un camino de tierra, no había farolas ni casi vecinos. Mi padre enseguida encendía la estufa de gas y mi madre repartía la compra en la nevera. Mi hermana era muy responsable y pronto empezaba a hacer los deberes, yo era un zángano inofensivo y no recuerdo en que me entretenía hasta la hora de cenar, puede que dibujando o limpiando y manoseando el rifle de aire comprimido.
Después nos acostábamos, cada uno en su habitación, acurrucado bajo las mantas, con el rifle junto a la ventana y algo temeroso, cuando en algunas noches, soplaba el viento y ululaba y silbaba como si alguien lo hiciese al otro lado de la persiana que no cesaba de crujir con la ventisca. Mis padres decían que los zumbidos eran provocados por los cables que sujetaban la antena de televisión, al vibrar con el aire, que por cierto, terminó perdiendo todos los travesaños de aluminio, cedidos bajo el peso de los estorninos y de los orondos palomos de un vecino.
Y uno de esos fines de semana, como sierre, me desperté antes que nadie con la intención de matar algún gorrión, realmente nunca lo conseguía y al subir la persiana descubrí que había nevado, era la primera vez que veía la nieve..., y desperté a todo el mundo, a mis padres no pareció alegrarles demasiado y no lo comprendí..., ahora, con 42 años, ya lo comprendo.
Lo hago muchas veces, también lo he contado muchas veces..., miro hacia abajo y veo mis piernas cubiertas por el pantalón largo, veo sus dibujos en ocre y negro, el fondo de un extraño color marrón o algo parecido y me da la sensación de que soy un animal que ha mudado el pelo para adaptarse en la nueva estación, a las temperaturas bajas, a las escasas horas de sol, al clima frió y silencioso que invade la Sierra Calderona y que invadió la península por última vez hace unos 10.000 años, cuando la glaciación asoló los bosques que cubrían las actúales mesetas del centro de España..., por ellas llegaron a pastar los ciclópeos mamuts con sus pelambres rojizas, uros y otros bóvidos que removían la nieve en busca del pasto congelado..., en aquel paisaje blanco y silencioso se movieron las siluetas cubiertas de pieles de los cromañones que ya habían alcanzado tierras ibéricas, los neardentales ya se habían extinguido, desplazados por esos fríos hasta las cuevas en Gibraltar..., pero enormes extensiones de terreno permanecían sin ocupar por esos humanos que apenas si dejaban una porción de sus pieles a la gélida intemperie..., el silencio glaciar, la ausencia de sonidos, de movimiento..., tan solo aquel tenue sol parecía moverse sobre la bóveda metálica, incluso la sabia se había detenido en las coniferas, en las plantas, en los matojos...,apenas si vuelan pajarillos, no se oyen sus cantos, el paso fantasmal del algún zorro cubierto por un manto blanco o el trote infatigable de los lobos buscando unas tierras bajas o presas moribundas, fatigadas por el hambre, inmovilizadas por el frío, acercándose a los poblados humanos en los que humeaban las fogatas o los rescoldos en la oscuridad de las cuevas..., toses, el llanto de algún niño cubierto pieles, los quejidos de algún anciano...
El silencio invernal que me acompaña pedaleando por la sierra, esquivando los charcos helados y remontando a derechas un leve repecho en el que la temperatura sube unos grados.
Me fascina con que facilidad mi cuero percibe la variación, el ciclocomputador no puede reaccionar con la rapidez de nuestros receptores térmicos y eso me satisface, me hace sonreír debajo del pasamontañas, también sonrío cuando miro hacia mi derecha y veo lo que anhelaba ver..., los haces del sol derramándose sobre las lejanas sierras de Utiel y Requena, sobre sus cimas...
Viro a izquierdas y pedaleo con facilidad en ligero descenso..., en silencio, a solas, notando el fresco en las piernas, pese al tejido térmico y en la puntita de la nariz, el pasamontañas ya se ha mojado con la respiración.
Pedaleo y salgo a la pista que sube desde el aparcamiento de Porta Coeli, giro a izquierdas y vuelvo a remontar sin ver a nadie por delante, parece que el invierno arrincona a la gente en sus casas o en los centros comerciales presa de la paranoia consumista navideña.
Por aquí no veo escaparates ni escucho los machacones y cansinos villancicos, no veo monigotes que imitan a Papa Noel ni a los Reyes Magos..., pero tampoco observo la sonrisa entregada y hermosa de los niños, la ilusión inundando sus rostros y sus manitas sujetando la carta que entregarán a los pajes..., mis padres solían dejarnos los juguetes en la salita del piso de alquiler donde vivíamos en Valencia..., y el día de Reyes era el más feliz de mi vida..., y me pregunto si aún me quedan días felices, si aún me queda la ilusión de esos niños..., recuerdo el año en que un ejercito de cartagineses apareció en perfecta formación ocupando toda la mesa del comedor, recuerdo los elefantes y enfrentados a ellos varias legiones de romanos, de color dorado y rojo y dominando uno de los extremos un hermoso castillo con el portalón abatible.
Yo no me atrevía a jugar, no me atrevía a tocar nada..., hasta que bajo mi vecino Vicentin , el hijo de Vicente Boluda, con un tanque que se movía a pilas, lo puso en la mesa y acabó con los cartagineses, con sus elefantes y también con las legiones romanas, pero no pudo atravesar los muros del castillo, se quedó allí, haciendo patinar sus orugas tercamente..., ese castillo lo hizo mi padre en la carpintería, le ayudó Pepe, un antiguo trabajador que hoy por hoy vive en el barrio y me visita con asiduidad, me cuenta anécdotas de mi padre y aún se acuerda de cuando hicieron el castillo, con torreón y todo.
Bon día...
Saludo a dos ciclistas que remontan charlando, les rebaso y pedaleo hacia el Portixol pero aún a la sombra que proyectan las lomas sobre la pista.
Dejo a mi derecha el desvío que lleva a la Cueva de Soterraña y voy trazando las eses hasta que alcanzo las primeras rampas, subo coronas, resopló y el aire frío araña mi garganta. Voy virando a derechas y ya puedo ver una lengua luminosa y cálida que llena la pista forestal..., las bielas van dando vueltas, mis piernas las van haciendo girar y girar y alcanzo la franja ardiente, noto rápidamente como atraviesa las fibras de la ropa y llega a mi piel bañada en sudor, las gafas comienzan a empañarse y mi respiración se acelera, subo otra corona y continuo ascendiendo, girando a izquierdas y dando la espalda al sol.
La pista sube blanquecina y rota con algunas roderas. Jadeando, vuelvo a virar, esta vez a derechas y las paredes del desfiladero crecen a mis lados y desaparece de nuevo el sol, la temperatura vuelve a bajar y entre las paredes cortadas a la montaña resuenan mis jadeos..., corono, cierro la boca tratando de respirar por la nariz, bajo un par de piñones y vuelvo a rodar sobre el rodeno aún húmedo, a la sombra de las montañas, en el frescor de la umbría, entre las casitas levantadas entre los farallones, entre pinares encaramados en las laderas, en el estrecho placido y tranquilo que conduce a la Font de la Gota.
A la izquierda observo algunas pequeñas huertas bien cuidadas, mimadas y a salvo de los vándalos que pululan allá abajo, en los campos cercanos a los pueblos. La alta presión atmosférica estanca los penachos de humo que emanan de algunas chimeneas, me encanta ese olor a pino quemado, me recuerda al aroma que percibía cuando, hace un par de décadas, corría a pie, por los alrededores del chalé y también lo olía.
Miraba hacia esas casetas y veía algunas luces, seguía corriendo y mi vida transcurría, pasaban los días, los años...
Bon día...
Vuelvo a saludar a otros dos ciclistas, los dejo atrás y sigo ascendiendo con el barranco de la Gota a mi izquierda, escucho el murmullo del agua bajando por su lecho de cantos rodados de rodeno, arrastrados y volteados durante años y años con las avenidas..., la temperatura sigue bajando, el sol no penetra aquí y levanto la vista para comprobar que la mata de helechos reverdece con el frío y la humedad, colgada en una pequeña cornisa de la pared cubierta de líquenes y enredaderas.
La descubrió mi hermana Mónica y desde entonces la observo cada vez que paso por aquí, que son muchas veces al cabo del año, en invierno, en primavera, en verano, en otoño..., en el estío parecen morir, se vuelven de un color marrón oscuro, pero con las lluvias o con las nieblas vuelven a reverdecer, ellas siempre están ahí, como estas montañas.
Giro a derechas y sigo ascendiendo, la pista se llena de lajas y de cantos de rodeno que afloran desde el corazón de la sierra, alcanzo un breve repecho y el camino se hunde en un vado reforzado con una lechada de hormigón, me dejo caer y subo a la última corona, el carril se resquebraja y se levanta bruscamente, me inclino hacia delante y jadeo cuesta arriba. Llego a una bifurcación y giro a derechas, recupero algo de resuellobajo una corona, sigo pedaleando y dando varios virajes hasta que la pista rojiza llanea y puedo recuperar la respiración, me puedo relajar y levantar la cabeza para gozar del paisaje, del momento, del silencio, de la soledad..., veo los alcornoques que crecen a los lados de la pista y entre los bulbosos afloramientos de rodeno que forman las montañas que encajonan el camino, observo el pinar, el monte bajo..., y me pregunto que debo ver aquí, me pregunto que es toda esta naturaleza que me rodea..., es tan distinta a la ciudad, es tan distinto al entorno que me rodea día a día en Valencia.
Aquí no hay nada que recuerde a Homo sapiens y a su peculiar forma de vida, tan solo la propia pista forestal delata la presencia de homo. Me pregunto cual es mi verdadero hábitat.
Aquí no hay asfalto, no hay semáforos ni señales de tráfico, aquí no parece haber crisis y el silencio te invita a olvidar, a desprenderte de tu parte urbanita, de tus necesidades creadas por la sociedad, por el sistema económico que rige el mundo.
Por aquí no se escuchan las emisoras de radio pagadas por las distintas facciones políticas, no se escuchan las voces de los tertulianos que iluminan con su sapiencia los debates de las cadenas de televisión, no escucho las soluciones de los analistas económicos para la crisis económica, tampoco escucho las predicciones para el año que viene, ni siquiera puedo oír a mi padre llamándome desde su silla de ruedas, desde su cama o desde el sofá..., y vuelvo a preguntarme si me interesa todo eso que debería interesarnos, desde las condiciones de los presos de Guantánamo hasta el numero de mujeres que los hombres asesinamos durante el año, desde el número de cayucos que llegan a las costas canarias hasta el precio de la gamba de Denia en estas Navidades, desde las colecciones de ropa interior de Victoria Secret hasta el nuevo cambio de imagen de Britny Spears..., aquí no hay pantallas de televisión que te hipnoticen, no hay pantallas de ordenador que sumerjan en la red mundial, no hay prensa que leer ni personas a las que escuchar..., solo estoy yo y mi bicicleta, el invierno en la Sierra Calderona y el fuerte repecho que lleva a la Font del Berro después de atravesar un torrente de agua estacional que la montaña vierte lentamente desde la última lluvia, agua cristalina y pura que murmura en su descenso sin que ningún humano la halla tratado ni embotellado, sin etiquetas ni plásticos que la envuelvan, reteniéndola en la estantería de un supermercado..., aquí solo estas tu para hacerte algunas preguntas, si te apetece, para reflexionar, para meditar sobre ti mismo, para preguntarte si te estas conduciendo como debes allí abajo, en la ciudad, para preguntarte si estas tratando a tus semejantes con respeto y sinceridad, para saber si realmente deseas cambiar y buscar en tu interior el camino hacia la naturalidad, la senda hacia la mutación interior, el camino hacia la integridad moral, hacia la esencia de uno mismo..., aunque sea al final de nuestros días...
Dejo el Berro a mi izquierda y sigo subiendo, miro al frente y descubro varias cumbres cubiertas por el sol, me encanta esa visión y sigo pedaleando, virando a derechas y moviendo los pedales, encarando la última y larga subida que me lleva hasta el collado de la Moreria.
Veo que otros dos ciclistas coronan antes que yo, subiendo desde la pista del Campillo, también puedo ver los desmontes que se están realizando a ambos lados de la pista, es una forma de crear un cortafuego aprovechando el trazado del carril. Me da cierta pena ver los cientos de pinos jóvenes y adultos que se han talado pero imagino que en caso de incendio sería una perdida menor.
Alcanzo el collado y giro a izquierdas en dirección a la Font del Poll, bajo un par de coronas y me dejo caer sobre los restos de las talas, el camino esta cubierto de pinocha verde y de pequeñas ramitas que salen rebotadas hacia los lados de las ruedas. Poco a poco voy acortando metros a los dos ciclistas y los alcanzo justo cuando la pista vira suavemente a derechas, ascendiendo y dejando a la izquierda un par de casitas rústicas teñidas con el color del rodeno.
Bon día... vuelvo a saludar
Bon día... -responde uno de ellos, no se cual.
Visten con térmicos, uno de color rojo y el otro azul. Bajo los cascos y sobre el pasamontañas puedo ver unos cabellos canos y una piel algo agrietada, observo los manillares algo más elevados de lo normal y unas piernas sin los abultados cuadriceps típicos de los ciclistas jóvenes y poderosos..., el pedalear redondo y sus troncos algo rígidos.
Los conozco de vista y deben pasar de los sesenta años..., pero siguen pedaleando, me cruzo con ellos varias veces durante el año y siempre van juntos, no paran en las fuentes y ruedan en paralelo, con tesón, con constancia, con el frió, con la humedad y por la montaña..., con sus piedras, con sus baches enviando ondas de choque a todo el esqueleto, a los discos intervertebrales, a la nuca, a las muñecas..., rodar por la montaña no es el deporte ideal para la gente mayor, la carretera es distinto, de hecho cuando salía con la Peña de Rocafort nos acompañaban varios ciclistas que pasaban de largo de setenta años..., pero aquí arriba es distinto, no hay coches que esquivar desde luegopero las pistas forestales a veces son traicioneras, debes estar atento a las piedras, a los regueros..., y en las bajadas hay un peligro real de caídas, mucho más que sobre el asfalto.
Pero estas dos personas siguen ahí, rodando en medio de la soledad invernal, bien abrigados, con buenas bicis y creo que sobretodo con ilusión..., con emociones, con anhelos, con deseos, con alegría de vivir..., son los sentimientos, los estados de animo que mueven el mundo, a nosotros mismos..., lo que nos empuja a levantarnos todos los días, sean laborables o festivos, lo que nos hace sentirnos vivos y con expectativas de futuro..., algo típico y exclusivo de sapiens.
Alcanzo la Font del Poll y paro a rellenar el botellín de agua, bebo y observo a los dos amigos remontar el duro repecho que se eleva en la bifurcación que lleva a Revalsadores o Serra, a la derecha o hacia aquí a la izquierda.
Les veo salvarlo sin apenas resoplar, con mejores maneras que muchos jóvenes, llegan a la fuente y les saludo con la mano, no paran y les veo alejarse, vuelvo a beber y miro hacia abajo, hacia los restos cubiertos de pinar de la antigua casa forestal, bajo ella, el valle se abre frondoso y verde, cubierto de vegetación y descendiendo hacia el barranco de la Gota, más allá, entre dos picos, distingo una pequeña porción del Camp de Turia, de un azul intenso, iluminado por el sol que aún no da aquí, en el Poll y con algunas tenues columnas de humo que se comban mansamente hacia levante.
Doy otro trago y vuelvo a montar, pedaleo siguiendo el rastro de los dos ciclistas y los distingo por delante, me han sacado un buen trecho, pero las fuertes rampas en zig zag a los pies de Peñas Blancas, los va reteniendo y vuelvo a recuperarles metros con rapidez.
Poco a poco me voy acercando, en silencio y con la respiración acompasada, ellos tampoco parecen jadear, ni balancean los cuerpos..., van trepando a ritmo, sin parar, sin vacilar..., imagino que movidos por la ilusión..., si, por la ilusión, por las ganas de vivir..., y les alcanzo.
Venga, vamos para arriba... -murmuro
A ellos les mueve esa ilusión a la que tanto aludo o por lo menos es lo que creo..., los voy dejando atrás y me pregunto que ilusión me quedará a mi cuando tenga esa edad si es que llego.
Hoy por hoy no sonrió demasiado, pedaleo siempre a solas y a veces mi semblante es serio, tenso o ausente.
No se hasta cuando me durará esta afición, últimamente tampoco escribo demasiado y no me gusta la sociedad en la que vivo, me da la sensación de que todo es falso y vacío, de que vivo en una especie de escenario donde todo es de cartón piedra, bueno ahora sería de poliespan.
Veo a mi padre envejecer postrado en su silla de ruedas, herido por aquel ictus de hace cinco años, veo a mi madre perder la memoria lentamente, día tras día, a veces de forma cómica y otras de manera triste, penosa..., les veo cada vez mas cerca de iniciar el último viaje, llevándose con ellos la información genética con la que me crearon a mí y a mis cuatro hermanas.
Convivo con ellos y trato de aprender algo sobre la vida, les miro y rememoro lo que se de sus vidas, lo que me han contado durante estos 42 años..., sus infancias en plena Guerra Civil, la posguerra, la lucha y el esfuerzo por vivir durante esas décadas difíciles..., y ahora este final, no se, ¿esto es la vida...?, envejecer es algo natural, pero como envejecer es lo que me preocupa.
A veces me dala sensación de que vivimos nuestra existencia de una forma convencional, pero simplemente porque es la manera más sencilla de vivir, la que hemos visto siempre..., y es posible que existan otras formas de encarar el día a día, otras líneas mentales que explorar alejándonos de comportamientos previsibles y repetitivos, esas acciones que nos conducen al desanimo, al cansancio anímico..., pero parece algo difícil y complicado, salirse de la senda social no es tan fácil. De hecho al estado no le interesa que el ciudadano busque nuevas formas de existencia, de pensamiento, de reflexión..., le interesa que continué anclado en las posturas clásicas e inmovilistas, ser de derecha o de izquierda, tener en el móvil la Internacional o el toque de diana, estar abonado a un equipo de fútbol, consumir como un demente por Navidad y pedir créditos para todo. Ir cubriendo tu vida laboral de manera gris, cuidar de los nietos cuando te jubilas y seguir viendo el fútbol, seguir discutiendo en el bar de política sin dar el brazo a torcer y terminar con la mirada perdida.
Debe haber algo más ahí fuera, pero para verlo debemos de sacudirnos de encima toda esa mierda que la sociedad y los políticos derraman sobre nuestras espaldas y sobre nuestros ojos, debe haber otra forma de gobernar más allá de la derecha o de la izquierda, debe de haber otra forma de vivir esas fechas tan señaladas en las que se despilfarra sin sentido y obstinadamente..., y sonrío porque yo predico mucho pero no doy todo el ejemplo que debería.
Sigo ascendiendo y alcanzo las alturas en las que el sol ya calienta, corono y el bosque de alcornoques rodea la pista, aun tienen hollín en sus troncos, cicatrices de los incendios de los años noventa. Miro al frente y distingo a casi un par de kilómetros el refugio encalado de Tristan, separado por el tajo que abre el barranco de Vigueta.
La pista comienza a descender y a llenarse de aristas de rodeno que emergen de entre la tierra rojiza, algunos pequeños regueros de agua discurren entre ellos y me salpican cuando ruedo por encima. Sujeto bien el manillar y engrano el plato grande, la Bicipalo, la Primigenia se estremece con los baches, con las piedras..., las suspensiones se hunden y se expanden, la cadena oscila dando latigazos contra el “cubrevainas” y los pequeños tacos de las Dry de Michelín se clavan sobre la pista y me lanzan hacia delante, me sujetan en las curvas..., vuelvo a cambiar al plato mediano, gano un suave repecho y voy virando a izquierdas recorriendo las faldas de las montañas, mirando hacia ese lado y disfrutando del momento, de estos parajes silenciosos y hermosos, íntimos y casi míos.
Inconscientemente busco algún bancal más o menos plano, en el que plantar mi tienda de campaña de una sola plaza y me imagino caminando por esta serranía en compañía de Nortón y de Mía.
Me imagino pasando la noche acurrucado, escuchando el canto de las rapaces nocturnas, los grillos, el resoplido de algún jabalí y los lloriqueos de Mía tratando de entrar en la tienda, creo que al final dormiríamos los tres dentro y mira que el galgo no es pequeño.
Es algo que pienso a menudo y que me hace sonreír, tampoco es un deseo tan difícil de lograr.
También me haría ilusión pedalear hacia la Sierra de la Culebra, en busca del lobo ibérico, sería difícil ir con mis perros, pero es un viaje que me gustaría hacer y Zamora tampoco esta tan lejos.
Otra escena que suelo imaginar es la de mi mismo caminando junto a Nortón por las mesetas castellanas, por las tierra de los galgos españoles y gritar en medio de la soledad de esas extensas llanuras, de esos amplios páramos...
¡¡¡ Ahí va, Norton, ahí va, va, va, va..., la liebre...!!!
Y ver como levantaría la cabeza, como buscaría con sus ojos marrones y como echaría a correr, arqueando y extendiendo la espina dorsal, plegando la orejas, lanzando sus patas delanteras, impulsándose con las traseras..., viéndole llenar su poderoso pecho con el aire puro de la meseta, despertando sus instintos atávicos, despertando el verdadero instinto de su raza, pura y sin hibridar desde hace unos 4000 años..., extraños deseos, quizás imágenes que esconden la búsqueda del yo profundo, del yo que a veces aflora, como hace un par de años cuando me comenzó a rondarme la idea de tratar de conseguir una plaza de profesor de carpintería de formación profesional.
Y no es una idea desterrada por completo, se que me llenaría, me parece dignísimo transmitir el conocimiento y ayudar a otras personas a desarrollar un oficio, a trabajarse un futuro laboral..., pero confieso que me aterran los adolescentes actuales..., es el miedo a cambiar, el miedo a enfrentarte a un nuevo reto, es el temor que nos amordaza, que me inmoviliza al final, pese a mi discurso, ya largo y cansino...
Un camino llega por mi izquierda, es el que sube por la Vigueta, a mi derecha sale otro, virando bruscamente a derechas y subiendo, al final del repecho se pueden gozar de unas vistas preciosas de la escarpada Sierra de Espadán.
Y al frente llegaría a Tristán pero antes de llegar sale otro camino a la izquierda que conduce hasta el PR-7, un bonito sendero que desciende hasta Olocau, conectando con el aljibe en la pista que también conduce al despoblado morisco de la Hoya. Por él subieron a caballo, hace unas semanas, Ines y el joven Jaime, los hijos de mi amigo y cliente Jaime Fabra, junto a otros compañeros de cabalgadas.
Carlos escribió sobre ellos en Olocau.Digital y publicó una buena colección de fotografías..., yo pedaleo por el camino que baja hacia la Vigueta y lo que veo vuelve a enamorarme, a hacerme sonreír..., todo el valle, toda la garganta iluminada por un sol radiante y cálido, que incide en mi rostro y que evapora la escarcha de las ramas y el rocío, que calienta los peñascos y que se refleja en el turbio charco que atravieso.
Dios..., esto es tan hermoso, tan natural, tan sereno..., sin un solo gramote hormigón, sin formas “calatravescas” surgidas con miles de toneladas de hormigón, sin gigantescas peceras, sin firmamentos cerrados..., solo calma, solo silencio, solo la soledad invernal en la Sierra Calderona, solo el pequeño mar de icebergs que acabo de atravesar. Las olas agitan las placas resquebrajadas de hielo y el barro crea formas, nubes marrones que evolucionan mientras el ciclista se aleja ensimismado, flotan y muy lentamente se van posando en el fondo ceganoso..., hasta que otros neumáticos vuelven a revolverlo, ciclistas que visten de rojo uno de ellos y otro de azul.


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